*
Decirle adiós a una noche como esta
mirando la luna desde el profundo
fondo de un vaso de whisky,
apuntar con mi dedo
el centro vacio de una estrella
Decir adiós, goodbye
y olvidando el nombre de todas las cosas
volverme livianamente inútil.
*
Esta mujer lucha contra libros
que entre sombras y como rebanadas de pan duro
acumulan hileras interminables de polvo
sobre el escritorio el polvo es preciso
Esta mujer no deja ningún rastro
todo lo transforma con el poder de su esponja
en un conmovedor y límpido presente
que aguarda ahora, como una página en blanco
por aquella palabra que no termina de caer
lunes, 18 de enero de 2010
jueves, 7 de enero de 2010
Manuscrito anónimo encontrado el 7 de diciembre de 1980
Yo escribo quizás para no pensar en aquellas cosas que no deseo o que por algún motivo que jamás logre descifrar me producen pánico. Por eso la expresión artística tiende a padecer una permanente sanción de locura. El lector intenta evadir constantemente la realidad que lo circunda y por eso lee encerrado, casi abarrotado en algún lugar silencioso del planeta y lo mismo hace quien escribe bajo la muda constelación de las estrellas. El artista es un ente autárquico y poderoso que atesora la soledad como un bien casi imposible de adquirir. Esa misma soledad que tanto pudor y miedo produce a las demás personas. Los otros.
Cada párrafo que traza quien se atreve a escribir es un intento de proximidad. La misma proximidad que ha llevado a muchos hacia una soledad extrema. Es el tiempo que se va sin que nos demos cuenta. Pero el tiempo de encierro que lleva un artista no es un tiempo real. Tal vez la palabra que dispongo no sea la correcta y esta idea que transcurre en una suerte de vacío tampoco sea cierta. El tiempo como cualquier otra simple medida tiene un espacio prefigurado en el cual se desarrolla pero fuera de él se desvanece. El tiempo posee una funcionalidad concreta, sobre todo en el trabajo y en aquellos instantes que asumimos con felicidad. Es ahí donde su poderío asume relevancia. Es el tiempo circunscrito, muy distinto al tiempo que consumen, por ejemplo, los poetas y los pintores o los músicos y los artesanos.
Pero dentro de esta habitación en cambio, nada de eso ocurre. Todo quizás quede suspendido y vaya a saber uno donde. Aquí el tiempo pierde su efectividad corrosiva, que tal vez sea, su más sincera manifestación. El tiempo supone un límite, creando una barrera indestructible. En cambio aquí todo es permanente y constante.
Esto que digo lo pude verificar por primera vez hace más de diez años. Cuando nos mudamos con mi esposa a esta casa. Ella padecía una rara enfermedad pulmonar y el doctor, Augusto Meller, nos aconsejo para su larga recuperación, trasladarnos a San Francisco del monte de Oro.
Un valle maravilloso, ubicado a ciento veinte kilómetros al norte de la capital de San Luis; rodeado por sierras y surcado por varios ríos en donde predomina sobre la vasta vegetación la palmera Caranday y la chilca melosa. El valle se encuentra encerrado entre dos cordones serranos de altura y geografía diferentes, por lo tanto la variedad de sus pájaros es infinita. Existen tres especies distintas de Zorzales, Jilgueros y benteveos pero el ave con más predominio del lugar es “el rey del bosque” también denominado zorzal overo. Su nombre es atribuido por su llamativo plumaje amarillo y negro pero además posee un canto sumamente melodioso. Por estas dos razones se ha convertido en el pájaro más buscado por los traficantes de la zona.
El clima serrano fue aconsejado por nuestro doctor pero teníamos que tomar las precauciones correspondientes debido a la importante variación térmica que existe entre la noche y el día.
Por ese motivo salíamos siempre temprano aprovechando la mañana y caminábamos la costa del río con Matilde y los perros hasta el medio día.
Era una rutina que manteníamos con una alegría inquebrantable. Matilde preparaba una pequeña y variada vianda que más tarde desayunábamos en la costa del río o en algún lago soleado. Durante el recorrido ya sea a la ida o a la vuelta del camino, los mismos lugareños nos saludaban siempre desde sus mismas posiciones. Oscar, el mecánico dental, corría sus cortinas a las siete y media, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a entrar desde el norte por su ventana y al vernos pasar, nos rendía tributo por medio de una sonrisa que quedaba dibujada desde el otro lado del vidrio. Marta soltaba a su perra maltesa para que pudiera jugar con lujan esos breves minutos que duraba nuestro trayecto hasta llegar al sendero del río.
A determinada edad las cosas simplemente se suceden. Los acontecimientos comienzan a parecernos simples y directos, por lo tanto, uno va sintiendo que le vida es una cuestión de amaneceres. El sentido de la vida quizás este oculto en una pradera o en el fondo del mar.
Jamás lo pude imaginar en una oficina. Es verdad también que para encontrar el sentido de las cosas uno debe estar más cerca de la muerte. Cuando somos jóvenes abusamos del tiempo pero cuando empezamos a morir, nos damos cuenta que ese acto puede llegar a ser trascendental. ¿Qué importancia le daría uno a la vida si no existiera la muerte? Todo carecería de valor.
Cuando me entere de la enfermedad de Matilde inmediatamente supuse que estaba muerta.
Esa idea, hasta el día de hoy, navega constantemente en mi mente como un intruso molesto. Pero desde ese día no dejo de recordar acontecimientos que habían pasado inadvertidos, hechos o situaciones que fueron en su momento para nosotros de poca relevancia. Desde que el doctor Meller nos leyó el parte médico, no dejo de asombrarme por la estricta y detallada memoria que fui adquiriendo. Desde entonces recuerdo todo aquello que viví con ella y en cada uno de esos recuerdos puedo percibir los aromas del momento con una precisión absoluta. El recuerdo se fundamenta en los olores, por lo tanto,en cada repaso de mi vida podía encontrar a todos ellos. El de mi infancia recogido por el aroma que desprendían los libros de la biblioteca de mi abuela. La esencia del primer beso oculto entre los cabellos de una niña. Los viernes de mi adolescencia, los juegos y los deportes, el primer fracaso laboral y el nacimiento de mi hijo. Todo aquello estaba estrictamente representado y a cada memoria le correspondía una fragancia que ineludiblemente había acompañado a cada hecho de mi vida. El olor a sal de los veranos, la primavera en el campo de Anselmo y sus atardeceres con el tufillo a pasto recién cortado. Regar la tierra seca del camino con mi padre, percibiendo como la naturaleza deja rastros de vida como si por medio del agua se cocinaran lentamente todos sus minerales. El olor rancio del miedo y ese olor rígido que despide la muerte después de un beso.
Aquellos primeros meses me habían retrotraído hasta el día de mi nacimiento. Estaba como detenido en un solo tiempo. Como si la vigilia fuera un sueño que yo solo podía controlar. La memoria se había convertido en un motor lucido.Mi vejez se había paralizado y lo mismo había sucedido con la enfermedad de Matilde. Los viejos para nuestra sociedad son una forma de insulto. Pero lo más desgraciado es ver que los ancianos ni si quiera son tomados en cuenta
Esa actitud duele aun más que el propio olvido. Las personas con los años se van transformando en niños pero sin esa simpatía demoledora que los caracterizan. Los viejos, cuando se orinan o tartamudean parafraseando algo que están a punto de olvidar, pierden por completo el encanto que tienen los niños cuando hacen exactamente lo mismo. A su vez van adquiriendo un aspecto triste, sobre todo, porque nos recuerdan constantemente lo real y cercana que se ve la muerte. Por eso es necesario mantenerlos lejos y apartados. Quizás eso fue lo que indirectamente quiso decirnos el doctor Meller cuando nos recomendó instalarnos en el valle de San Francisco. Hubiera sido poco caballero de su parte decirnos a Matilde y a mí otra verdad tan incómoda.
Con el tiempo nuestra familia fue olvidándose de nosotros. Al principio recibíamos alguna correspondencia de nuestra nieta o algún llamado telefónico en víspera de navidad y año nuevo pero en los últimos años nadie volvió a preguntar ni por Matilde ni por mí. Nosotros decidimos hacer lo mismo, pero procuramos pensar que al actuar de esa manera, no molestaríamos a nadie con nuestros asuntos pasados de moda. Teníamos, como dije anteriormente, una rutina de paseo inquebrantable donde cada mañana renovábamos nuestra promesa de amor.
Matilde jamás había sido tan hermosa, más allá de la belleza de su juventud, se había convertido ahora, en una verdadera mujer. Cada pensamiento, cada palabra suya tenia la fortaleza del sol. Su piel había recobrado la fragancia de todas las flores. Todo en ella era nuevo y sano. La suavidad de sus manos, la humedad de sus labios, la nueva textura en su pelo. Todo en ella volvía a renacer cada mañana con los primeros azules del cielo y mi amor se volvía fuego cuando la luz del día se reflejaba en sus ojos verdes. El amor cuando es sincero no tiene rutina que lo menoscabe y aunque todos los días fueran lluviosos, permanecer a su lado para mí era suficiente.
Ahora que la ciudad está fuera de moda y nosotros también puedo confiar en esta muerte.
La calma es como flotar en el agua, como un silencio estricto que solo un buzo podría definir. Ahora escribo sin detenerme sobre todas mis vidas. Aquellas que viví alguna vez y otras que persigo. Puedo comprender con inocencia todas las zonas anteriores, la sanación de las heridas y la abolición del pensamiento malicioso.
Desaparecer había sido eso. Descansar sobre la última mirada de Matilde y despertar cada mañana perteneciendo a una memoria despreocupada. Entender que jamás nos vamos de este mundo y que morir es una tarea imposible. La muerte, de todos los secretos, es el secreto más hermoso.
Cada párrafo que traza quien se atreve a escribir es un intento de proximidad. La misma proximidad que ha llevado a muchos hacia una soledad extrema. Es el tiempo que se va sin que nos demos cuenta. Pero el tiempo de encierro que lleva un artista no es un tiempo real. Tal vez la palabra que dispongo no sea la correcta y esta idea que transcurre en una suerte de vacío tampoco sea cierta. El tiempo como cualquier otra simple medida tiene un espacio prefigurado en el cual se desarrolla pero fuera de él se desvanece. El tiempo posee una funcionalidad concreta, sobre todo en el trabajo y en aquellos instantes que asumimos con felicidad. Es ahí donde su poderío asume relevancia. Es el tiempo circunscrito, muy distinto al tiempo que consumen, por ejemplo, los poetas y los pintores o los músicos y los artesanos.
Pero dentro de esta habitación en cambio, nada de eso ocurre. Todo quizás quede suspendido y vaya a saber uno donde. Aquí el tiempo pierde su efectividad corrosiva, que tal vez sea, su más sincera manifestación. El tiempo supone un límite, creando una barrera indestructible. En cambio aquí todo es permanente y constante.
Esto que digo lo pude verificar por primera vez hace más de diez años. Cuando nos mudamos con mi esposa a esta casa. Ella padecía una rara enfermedad pulmonar y el doctor, Augusto Meller, nos aconsejo para su larga recuperación, trasladarnos a San Francisco del monte de Oro.
Un valle maravilloso, ubicado a ciento veinte kilómetros al norte de la capital de San Luis; rodeado por sierras y surcado por varios ríos en donde predomina sobre la vasta vegetación la palmera Caranday y la chilca melosa. El valle se encuentra encerrado entre dos cordones serranos de altura y geografía diferentes, por lo tanto la variedad de sus pájaros es infinita. Existen tres especies distintas de Zorzales, Jilgueros y benteveos pero el ave con más predominio del lugar es “el rey del bosque” también denominado zorzal overo. Su nombre es atribuido por su llamativo plumaje amarillo y negro pero además posee un canto sumamente melodioso. Por estas dos razones se ha convertido en el pájaro más buscado por los traficantes de la zona.
El clima serrano fue aconsejado por nuestro doctor pero teníamos que tomar las precauciones correspondientes debido a la importante variación térmica que existe entre la noche y el día.
Por ese motivo salíamos siempre temprano aprovechando la mañana y caminábamos la costa del río con Matilde y los perros hasta el medio día.
Era una rutina que manteníamos con una alegría inquebrantable. Matilde preparaba una pequeña y variada vianda que más tarde desayunábamos en la costa del río o en algún lago soleado. Durante el recorrido ya sea a la ida o a la vuelta del camino, los mismos lugareños nos saludaban siempre desde sus mismas posiciones. Oscar, el mecánico dental, corría sus cortinas a las siete y media, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a entrar desde el norte por su ventana y al vernos pasar, nos rendía tributo por medio de una sonrisa que quedaba dibujada desde el otro lado del vidrio. Marta soltaba a su perra maltesa para que pudiera jugar con lujan esos breves minutos que duraba nuestro trayecto hasta llegar al sendero del río.
A determinada edad las cosas simplemente se suceden. Los acontecimientos comienzan a parecernos simples y directos, por lo tanto, uno va sintiendo que le vida es una cuestión de amaneceres. El sentido de la vida quizás este oculto en una pradera o en el fondo del mar.
Jamás lo pude imaginar en una oficina. Es verdad también que para encontrar el sentido de las cosas uno debe estar más cerca de la muerte. Cuando somos jóvenes abusamos del tiempo pero cuando empezamos a morir, nos damos cuenta que ese acto puede llegar a ser trascendental. ¿Qué importancia le daría uno a la vida si no existiera la muerte? Todo carecería de valor.
Cuando me entere de la enfermedad de Matilde inmediatamente supuse que estaba muerta.
Esa idea, hasta el día de hoy, navega constantemente en mi mente como un intruso molesto. Pero desde ese día no dejo de recordar acontecimientos que habían pasado inadvertidos, hechos o situaciones que fueron en su momento para nosotros de poca relevancia. Desde que el doctor Meller nos leyó el parte médico, no dejo de asombrarme por la estricta y detallada memoria que fui adquiriendo. Desde entonces recuerdo todo aquello que viví con ella y en cada uno de esos recuerdos puedo percibir los aromas del momento con una precisión absoluta. El recuerdo se fundamenta en los olores, por lo tanto,en cada repaso de mi vida podía encontrar a todos ellos. El de mi infancia recogido por el aroma que desprendían los libros de la biblioteca de mi abuela. La esencia del primer beso oculto entre los cabellos de una niña. Los viernes de mi adolescencia, los juegos y los deportes, el primer fracaso laboral y el nacimiento de mi hijo. Todo aquello estaba estrictamente representado y a cada memoria le correspondía una fragancia que ineludiblemente había acompañado a cada hecho de mi vida. El olor a sal de los veranos, la primavera en el campo de Anselmo y sus atardeceres con el tufillo a pasto recién cortado. Regar la tierra seca del camino con mi padre, percibiendo como la naturaleza deja rastros de vida como si por medio del agua se cocinaran lentamente todos sus minerales. El olor rancio del miedo y ese olor rígido que despide la muerte después de un beso.
Aquellos primeros meses me habían retrotraído hasta el día de mi nacimiento. Estaba como detenido en un solo tiempo. Como si la vigilia fuera un sueño que yo solo podía controlar. La memoria se había convertido en un motor lucido.Mi vejez se había paralizado y lo mismo había sucedido con la enfermedad de Matilde. Los viejos para nuestra sociedad son una forma de insulto. Pero lo más desgraciado es ver que los ancianos ni si quiera son tomados en cuenta
Esa actitud duele aun más que el propio olvido. Las personas con los años se van transformando en niños pero sin esa simpatía demoledora que los caracterizan. Los viejos, cuando se orinan o tartamudean parafraseando algo que están a punto de olvidar, pierden por completo el encanto que tienen los niños cuando hacen exactamente lo mismo. A su vez van adquiriendo un aspecto triste, sobre todo, porque nos recuerdan constantemente lo real y cercana que se ve la muerte. Por eso es necesario mantenerlos lejos y apartados. Quizás eso fue lo que indirectamente quiso decirnos el doctor Meller cuando nos recomendó instalarnos en el valle de San Francisco. Hubiera sido poco caballero de su parte decirnos a Matilde y a mí otra verdad tan incómoda.
Con el tiempo nuestra familia fue olvidándose de nosotros. Al principio recibíamos alguna correspondencia de nuestra nieta o algún llamado telefónico en víspera de navidad y año nuevo pero en los últimos años nadie volvió a preguntar ni por Matilde ni por mí. Nosotros decidimos hacer lo mismo, pero procuramos pensar que al actuar de esa manera, no molestaríamos a nadie con nuestros asuntos pasados de moda. Teníamos, como dije anteriormente, una rutina de paseo inquebrantable donde cada mañana renovábamos nuestra promesa de amor.
Matilde jamás había sido tan hermosa, más allá de la belleza de su juventud, se había convertido ahora, en una verdadera mujer. Cada pensamiento, cada palabra suya tenia la fortaleza del sol. Su piel había recobrado la fragancia de todas las flores. Todo en ella era nuevo y sano. La suavidad de sus manos, la humedad de sus labios, la nueva textura en su pelo. Todo en ella volvía a renacer cada mañana con los primeros azules del cielo y mi amor se volvía fuego cuando la luz del día se reflejaba en sus ojos verdes. El amor cuando es sincero no tiene rutina que lo menoscabe y aunque todos los días fueran lluviosos, permanecer a su lado para mí era suficiente.
Ahora que la ciudad está fuera de moda y nosotros también puedo confiar en esta muerte.
La calma es como flotar en el agua, como un silencio estricto que solo un buzo podría definir. Ahora escribo sin detenerme sobre todas mis vidas. Aquellas que viví alguna vez y otras que persigo. Puedo comprender con inocencia todas las zonas anteriores, la sanación de las heridas y la abolición del pensamiento malicioso.
Desaparecer había sido eso. Descansar sobre la última mirada de Matilde y despertar cada mañana perteneciendo a una memoria despreocupada. Entender que jamás nos vamos de este mundo y que morir es una tarea imposible. La muerte, de todos los secretos, es el secreto más hermoso.
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Ezequiel Canero
miércoles, 23 de diciembre de 2009

Estaba seguro que iba a tener que esperarla por más de media hora. Como de costumbre las mujeres tienden a desaparecer. Los viernes Buenos Aires, cuando cae la noche y comienza el verano pareciera atender los deseos de todos, como un kiosquero frente a la mirada de los niños.
Mientras fumaba un cigarrillo me di cuenta que Jaime ya no estaba en el lugar donde siempre acostumbra escribir en su cuaderno de anotaciones. Sobre Peña, a mitad de cuadra, hay una librería pequeña que posee un frente, amplio y antiguo, con el piso de mármol blanco donde Jaime con el consentimiento de sus dueños vivía hacia más de cinco años. Era uno de los personajes emblemáticos del barrio. Todos los habitantes lo conocían y a todos él saludaba mientras no estuviera padeciendo algún ataque de locura. Cuando esto sucedía, los encargados de los edificios de la cuadra ponían manos a la obra y estaban pendientes de él, cuidándolo como a un niño, hasta que pudieran hacer desaparecer todos los fantasmas que lo aquejaban.
La vereda estaba recién baldeada por lo tanto presumí que podría haber salido a pasear. Los vagabundos también necesitan salir de sus taperas, pensé. A pocas cuadras había una plaza donde otros infelices como él se juntaban a tomar vino pero me pareció casi imposible imaginar que Jaime se pudiera juntar con ellos. No tenía ese target. Él, más allá de toda su miseria poseía una presencia casi importante. Si no fuera porque dejaba crecer su barba en forma desmedida, aunque manteniéndola perfectamente prolija, uno podía pasar desapercibido y entrar acompañado por él a cualquier restaurante mediocre de Palermo.
Sus pertenencias estaban allí. Envueltas en bolsas de consorcio las ropas de invierno y en pequeñas bolsas de supermercados las mudas habituales del calor. Todo aquello ubicado en su perfecto lugar detrás del colchón de una plaza, que aparecía graciosamente enrollado como si fuera un matambre navideño. Su cuaderno de notas descansaba sobre una fila de libros que le servían como una pequeña mesita de luz. Me acerque lentamente aparentando leer las novedades que se mostraban a través del vidrio de la librería y tome el anotador. Abrí el cuaderno y leí sus primeras páginas que estaban llenas de números y letras y supuse que era el diario de un desbordado, el diario de un loco sin sentido. Pero corriendo sus páginas más adelante, comencé a leer poemas preciosos. En ellos estaban las metáforas más originales que había leído hasta entonces. Los silencios más oportunos y las pausas más correctas aparecían allí. Cada poema tenía un centro continuo de atención y todo aquello que lo rodeaba se hacía cada vez más profundo y luminoso. Al mismo tiempo que leía esos versos, se me hacía imposible apartar la mirada sobre ese centro que se formaba como si fuera un dibujo; pero el poema a pesar de esa imposibilidad, continuaba redactándose solo en mi interior como si se estuviera escribiendo en ese mismo instante. Cerré de inmediato el cuaderno y me di cuenta que estaba solo en la mitad de la calle. Alce la mirada hacia las dos esquinas que se mostraban despobladas y un sudor frío comenzó a correrme como si tuviera la sangre congelada.
¿Quién podría sospechar que yo era capaz de robar el cuaderno personal de un desdichado? ¿Quién podría imaginar que la tristeza y la locura fueran capaces de escribir esos versos gloriosos? Cerré ligeramente el cuaderno de notas y acelere el paso hasta llegar a la primera esquina. Luego cruce la calle Peña intentando ver si alguien había sido testigo de mi arrebato y baje por Laprida a toda velocidad hasta que pude llegar finalmente a las Heras. Recién en la avenida trate de descansar unos segundos, como descansan los delincuentes luego de sustraerle la cartera a una anciana. Cada rostro que me observaba probaba de mí una angustia desesperante. Oculte el cuaderno entre mis ropas y limpie el sudor de mi frente con las dos manos. Todo el cuerpo padecía todavía el mismo frío.
Hasta el día de hoy intento destruirlo, quemarlo o tirarlo en alguna fuente e imaginar sus páginas destiñéndose debajo del agua. Hay noches que no dejo de soñar. Jamás logre abrirlo nuevamente.
De Jaime, luego de un tiempo, supe por un vecino del barrio que había desaparecido. Nunca más supimos de él, me dijo tristemente el encargado de uno de los edificios. Intentaron varias veces otros hombres, establecerse en la puerta de la misma librería de la calle Peña pero los dueños no volvieron a permitirlo.
Mientras fumaba un cigarrillo me di cuenta que Jaime ya no estaba en el lugar donde siempre acostumbra escribir en su cuaderno de anotaciones. Sobre Peña, a mitad de cuadra, hay una librería pequeña que posee un frente, amplio y antiguo, con el piso de mármol blanco donde Jaime con el consentimiento de sus dueños vivía hacia más de cinco años. Era uno de los personajes emblemáticos del barrio. Todos los habitantes lo conocían y a todos él saludaba mientras no estuviera padeciendo algún ataque de locura. Cuando esto sucedía, los encargados de los edificios de la cuadra ponían manos a la obra y estaban pendientes de él, cuidándolo como a un niño, hasta que pudieran hacer desaparecer todos los fantasmas que lo aquejaban.
La vereda estaba recién baldeada por lo tanto presumí que podría haber salido a pasear. Los vagabundos también necesitan salir de sus taperas, pensé. A pocas cuadras había una plaza donde otros infelices como él se juntaban a tomar vino pero me pareció casi imposible imaginar que Jaime se pudiera juntar con ellos. No tenía ese target. Él, más allá de toda su miseria poseía una presencia casi importante. Si no fuera porque dejaba crecer su barba en forma desmedida, aunque manteniéndola perfectamente prolija, uno podía pasar desapercibido y entrar acompañado por él a cualquier restaurante mediocre de Palermo.
Sus pertenencias estaban allí. Envueltas en bolsas de consorcio las ropas de invierno y en pequeñas bolsas de supermercados las mudas habituales del calor. Todo aquello ubicado en su perfecto lugar detrás del colchón de una plaza, que aparecía graciosamente enrollado como si fuera un matambre navideño. Su cuaderno de notas descansaba sobre una fila de libros que le servían como una pequeña mesita de luz. Me acerque lentamente aparentando leer las novedades que se mostraban a través del vidrio de la librería y tome el anotador. Abrí el cuaderno y leí sus primeras páginas que estaban llenas de números y letras y supuse que era el diario de un desbordado, el diario de un loco sin sentido. Pero corriendo sus páginas más adelante, comencé a leer poemas preciosos. En ellos estaban las metáforas más originales que había leído hasta entonces. Los silencios más oportunos y las pausas más correctas aparecían allí. Cada poema tenía un centro continuo de atención y todo aquello que lo rodeaba se hacía cada vez más profundo y luminoso. Al mismo tiempo que leía esos versos, se me hacía imposible apartar la mirada sobre ese centro que se formaba como si fuera un dibujo; pero el poema a pesar de esa imposibilidad, continuaba redactándose solo en mi interior como si se estuviera escribiendo en ese mismo instante. Cerré de inmediato el cuaderno y me di cuenta que estaba solo en la mitad de la calle. Alce la mirada hacia las dos esquinas que se mostraban despobladas y un sudor frío comenzó a correrme como si tuviera la sangre congelada.
¿Quién podría sospechar que yo era capaz de robar el cuaderno personal de un desdichado? ¿Quién podría imaginar que la tristeza y la locura fueran capaces de escribir esos versos gloriosos? Cerré ligeramente el cuaderno de notas y acelere el paso hasta llegar a la primera esquina. Luego cruce la calle Peña intentando ver si alguien había sido testigo de mi arrebato y baje por Laprida a toda velocidad hasta que pude llegar finalmente a las Heras. Recién en la avenida trate de descansar unos segundos, como descansan los delincuentes luego de sustraerle la cartera a una anciana. Cada rostro que me observaba probaba de mí una angustia desesperante. Oculte el cuaderno entre mis ropas y limpie el sudor de mi frente con las dos manos. Todo el cuerpo padecía todavía el mismo frío.
Hasta el día de hoy intento destruirlo, quemarlo o tirarlo en alguna fuente e imaginar sus páginas destiñéndose debajo del agua. Hay noches que no dejo de soñar. Jamás logre abrirlo nuevamente.
De Jaime, luego de un tiempo, supe por un vecino del barrio que había desaparecido. Nunca más supimos de él, me dijo tristemente el encargado de uno de los edificios. Intentaron varias veces otros hombres, establecerse en la puerta de la misma librería de la calle Peña pero los dueños no volvieron a permitirlo.
lunes, 21 de diciembre de 2009
Un breve relato

La distinción del libro había llegado en el momento más difícil de su vida. Era como una leve caricia que amortiguaba la profunda desventaja que venía acusando su ego a través de los últimos años.
Hasta ese momento todas las actividades para él carecían de sentido, aquellas que había realizado durante toda su vida en la oficina y los demás asuntos pendientes le producían una completa soledad.
Llego a pensar que el interés por las cosas nunca había existido; y todas aquellas funciones a las que estaba acostumbrado a realizar como un autómata, las hacía con esa tristeza casi agónica, que de a poco y a través del silencio nos van transformando en nuestro propio enemigo.
Pero la distinción recayó con imperioso asombro en todos los demás. En todos aquellos que jamás hubieran imaginado que una mención de esa envergadura pudiera atribuírsele a un hombre de oficina. Un hombre de familia que escribía poemas en una habitación cerrada.
La poesía para el hombre común, es una especie de estado de gracia, un estado absoluto de meditación e idiotez. Un hombre que escribe poemas es un niño que no quiere consagrarse pero cuando tiene familia e hijos es un hecho de suma irresponsabilidad.
A un escritor se le hace imposible demostrar le fidelidad de su trabajo, sobre todo, cuando nadie quiere publicar sus obras. Y hacer poesía es el merito mayor de esa inconsistencia. El hombre medio no tiene capacidad de abstracción frente a esa combinación de palabras que pueden lograr el mismo efecto de luz que emana de un cuadro. Quienes escriben un poema lo hacen desde el profundo sentimiento de goce, sabiendo, que nadie los va a escuchar. Por eso mismo la poética es un estado de fe, un milagro de la naturaleza que describe aquellas cosas que nunca existieron transformándolas para siempre. Es inútil tratar de demostrarlo. Es inútil tratar de trasmitirlo en una reunión de amigos o en una conversación trivial de oficina. Es más fácil hablar de negocios o deportes y no decir nada que tenga relación con ello. Es como un secreto que se lleva uno a la tumba.
La mañana del 4 de octubre de 1956, Nicolás, había escrito su mejor poema. Había dudado toda esa mañana sobre la utilización de diferentes términos y supresiones de puntos y comas; pero finalmente con un gesto rígido dio por terminada su elevada creación. Cerró su cuaderno y tomo una ducha bien fría, necesitaba sobre todo estar despabilado. Había trabajado arduamente con los últimos tres versos del poema y ese cansancio estaba reflejado en las sinuosas bolsas que enmarcaban sus ojos. Tenía la tez pálida. Eligió con delicada paciencia la ropa que iba a utilizar ese día pero decidió no llevar puesta por primera vez su corbata. Salió de su departamento, se dirijo a la azotea del edificio y se arrojo al vacío.
Lo demás salió publicado en la primera página de todos los diarios del país. También en varias ciudades de Europa tomaron la noticia con gran desolación. El periódico “Le Mond”, titulo la crónica de su muerte de manera casi surrealista: Premio nobel de literatura muere en situación dudosa. En cambio los diarios de Brasil y Uruguay trataron el tema con más discreción y menos sensacionalismo.
Pero solo un hombre tuvo la sutileza de ver en este acto rotundo de violencia, una verídica y simple declaración de amor. Fue Arnaldo Veyra, escritor y periodista, oriundo del pueblo de Mansilla, quien destaco en una nota (que jamás pudo ser publicada) que el poeta se había arrojado abrazado a sus libros ..."Su cuerpo atesoraba dos publicaciones y un cuaderno de notas"... , escribió en una carta dirigida a mí, dos semanas después del suicidio. Los bomberos y la policía debieron hacer un esfuerzo descomunal para lograr arrancarlos de sus brazos. Daba la impresión que el pobre muchacho continuaba con vida y de alguna manera sacaba fuerzas para no desprenderse de sus libros, me dijo Veyra, la última vez que nos encontramos en un café de la calle Corrientes.
(Cuento Inspirado en la muerte de Nikos Poulantzas- Escritor Griego)
Hasta ese momento todas las actividades para él carecían de sentido, aquellas que había realizado durante toda su vida en la oficina y los demás asuntos pendientes le producían una completa soledad.
Llego a pensar que el interés por las cosas nunca había existido; y todas aquellas funciones a las que estaba acostumbrado a realizar como un autómata, las hacía con esa tristeza casi agónica, que de a poco y a través del silencio nos van transformando en nuestro propio enemigo.
Pero la distinción recayó con imperioso asombro en todos los demás. En todos aquellos que jamás hubieran imaginado que una mención de esa envergadura pudiera atribuírsele a un hombre de oficina. Un hombre de familia que escribía poemas en una habitación cerrada.
La poesía para el hombre común, es una especie de estado de gracia, un estado absoluto de meditación e idiotez. Un hombre que escribe poemas es un niño que no quiere consagrarse pero cuando tiene familia e hijos es un hecho de suma irresponsabilidad.
A un escritor se le hace imposible demostrar le fidelidad de su trabajo, sobre todo, cuando nadie quiere publicar sus obras. Y hacer poesía es el merito mayor de esa inconsistencia. El hombre medio no tiene capacidad de abstracción frente a esa combinación de palabras que pueden lograr el mismo efecto de luz que emana de un cuadro. Quienes escriben un poema lo hacen desde el profundo sentimiento de goce, sabiendo, que nadie los va a escuchar. Por eso mismo la poética es un estado de fe, un milagro de la naturaleza que describe aquellas cosas que nunca existieron transformándolas para siempre. Es inútil tratar de demostrarlo. Es inútil tratar de trasmitirlo en una reunión de amigos o en una conversación trivial de oficina. Es más fácil hablar de negocios o deportes y no decir nada que tenga relación con ello. Es como un secreto que se lleva uno a la tumba.
La mañana del 4 de octubre de 1956, Nicolás, había escrito su mejor poema. Había dudado toda esa mañana sobre la utilización de diferentes términos y supresiones de puntos y comas; pero finalmente con un gesto rígido dio por terminada su elevada creación. Cerró su cuaderno y tomo una ducha bien fría, necesitaba sobre todo estar despabilado. Había trabajado arduamente con los últimos tres versos del poema y ese cansancio estaba reflejado en las sinuosas bolsas que enmarcaban sus ojos. Tenía la tez pálida. Eligió con delicada paciencia la ropa que iba a utilizar ese día pero decidió no llevar puesta por primera vez su corbata. Salió de su departamento, se dirijo a la azotea del edificio y se arrojo al vacío.
Lo demás salió publicado en la primera página de todos los diarios del país. También en varias ciudades de Europa tomaron la noticia con gran desolación. El periódico “Le Mond”, titulo la crónica de su muerte de manera casi surrealista: Premio nobel de literatura muere en situación dudosa. En cambio los diarios de Brasil y Uruguay trataron el tema con más discreción y menos sensacionalismo.
Pero solo un hombre tuvo la sutileza de ver en este acto rotundo de violencia, una verídica y simple declaración de amor. Fue Arnaldo Veyra, escritor y periodista, oriundo del pueblo de Mansilla, quien destaco en una nota (que jamás pudo ser publicada) que el poeta se había arrojado abrazado a sus libros ..."Su cuerpo atesoraba dos publicaciones y un cuaderno de notas"... , escribió en una carta dirigida a mí, dos semanas después del suicidio. Los bomberos y la policía debieron hacer un esfuerzo descomunal para lograr arrancarlos de sus brazos. Daba la impresión que el pobre muchacho continuaba con vida y de alguna manera sacaba fuerzas para no desprenderse de sus libros, me dijo Veyra, la última vez que nos encontramos en un café de la calle Corrientes.
(Cuento Inspirado en la muerte de Nikos Poulantzas- Escritor Griego)
domingo, 20 de diciembre de 2009
Elipsis
Ignorar la muerte como hacen los pájaros y lograr así la permanencia. Quien nada sabe de ella es inmortal. Dormir la apagada noche y desabastecerse; nosotros, que deseamos sobrevivir como una palabra imborrable.
En esto llevo pensando por más de tres décadas, pero la opresión de los pensamientos, es a veces peor que la propia realidad. Si acaso tuviéramos una función preestablecida, inherente o imposible de ser erradicada, como el olfato del picaflor cuando revolotea sus azules infinitos. Una infancia mecanizada e instintiva, como la de una planta sublime pero incapaz de amar o sentir gratitud.
Tal vez la idea del mundo, es una idea triste y equivocada, y el poeta un impostor mortal. Pero en aquellos libros que nunca se leen, hasta en el peor de los libros, las frases se acopian como ladrillos de un cimento universal.
En esto llevo pensando por más de tres décadas, pero la opresión de los pensamientos, es a veces peor que la propia realidad. Si acaso tuviéramos una función preestablecida, inherente o imposible de ser erradicada, como el olfato del picaflor cuando revolotea sus azules infinitos. Una infancia mecanizada e instintiva, como la de una planta sublime pero incapaz de amar o sentir gratitud.
Tal vez la idea del mundo, es una idea triste y equivocada, y el poeta un impostor mortal. Pero en aquellos libros que nunca se leen, hasta en el peor de los libros, las frases se acopian como ladrillos de un cimento universal.
jueves, 17 de diciembre de 2009
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Poema de amor (en constante modificación)

Hagamos una película donde alguno de los dos
pueda bailar tap sobre una pista de bowling
o quizás un poema ruso
sobre un cisne que se enamora.
El amor es un día para siempre
tal vez el día más largo de un verano
porque tengo la impresión que el frío
con esa gutural manera de adornar las cosas
las detiene, en cambio el sol
pone en funcionamiento las plantas y las articulaciones
y a nosotros mismos
que pudimos haber sido dos extraños
pueda bailar tap sobre una pista de bowling
o quizás un poema ruso
sobre un cisne que se enamora.
El amor es un día para siempre
tal vez el día más largo de un verano
porque tengo la impresión que el frío
con esa gutural manera de adornar las cosas
las detiene, en cambio el sol
pone en funcionamiento las plantas y las articulaciones
y a nosotros mismos
que pudimos haber sido dos extraños
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