miércoles, 21 de julio de 2010

Ratso & Gigoló


RATSO & GIGOLÓ

¡Ratso! levántate… ¡Ratso!
Gigoló estaba listo. Frente al espejo, acomodaba de un lado hacia el otro, la punta de su sombrero de cowboy estilo americano. Jamás salía sin él. Una noche lo olvidó en el asiento de un bar y hasta que no regresó a buscarlo, sintió como si le faltara el corazón. Ratso se puso de pie y lentamente se dirigió al baño, exagerando su cojera, solo para molestarlo. Mientras orinaba, podía escuchar los gritos que venían del otro lado de la habitación y, que se mezclaban con el ronroneo de las bolas de naftalina del wáter. Siempre que observaba su rostro reflejado en el agua del inodoro, sentía el mismo estupor. Su nariz era lo que menos le gustaba. Sobresalía del contorno de su cara como si fuera el pico de un tucán. De niño, cuando su madre lo llevó al odontólogo para que le curaran una carie infectada, le preguntó al dentista si podía hacer algo con su nariz. El hombre trató de sonreír pero el barbijo que lo cubría se lo impidió, entonces miró a Ratso, que estaba encadenado a la silla del dentista y le dijo: -olvídate de la nariz; a ti te salvarán tus ojos-. Ratso tenía ojos color café, nada fuera de lo común; pero para un niño de doce años, esa fue una especie de revelación bíblica, por eso, vivió recordando lo que dijo el médico durante mucho tiempo.
Lo bueno de Shanghái en el invierno son las sopas, pero lo malo, es el mismo invierno. Las sopas chinas están hechas de cosas que hasta ellos mismos ignoran. Casi todo esta cocinado a base de cerdo. El cerdo vendría a ser como la vaca en América. Aprovechan todo de él; carne, huesos, viseras. En el plato de Gigoló flotaba algo de consistencia gelatinosa que apartaba continuamente con la cuchara.

-¿Sabes Ratso? esto de los tenedores libres es una puta mentira-.
¿Cuánto podemos comer tú y yo en uno de estos sitios?
¿Medio kilo de carne y trescientos gramos de arroz? ¿Cuánto cuesta eso?

¿Diez o quince yuanes? Te das cuenta que es una puta mentira.
A todo lo llenan de arroz y de harina; y a demás, puedes encontrarte con los huevos del chancho, dentro de una de estas sopas. Deberían hacer algo con estos lugares. Pintarlos al menos, de un color más agradable. ¡Ratso! tú que eres listo, tendrías que haber puesto uno de estos comederos.

¿Te acuerdas cuando el tipo aquel, nos había ofrecido diez mil por el lavadero de autos?.

Lo primero que hiciste fue negarte; y a la semana siguiente, volvió y nos ofreció el doble.

¡Se lo habíamos comprado a los judíos por solo dos mil!

En ese momento me dije: si no sigues con Ratso…eres un imbécil.Y esa misma tarde, me compré un sombrero nuevo; blanco y con un pañuelo turquesa. Recuerdo que parecía un maldito panameño.

¡Íbamos a conquistarlo todo! ¿No Ratso? ¡Desde el cielo hasta el infierno sin escalas!

Ese sombrero lo tuve toda la época de los judíos y, contra los paraguayos también.

¿Te acuerdas de los paraguayos? ¡Qué batalla por dios! ¿Donde fue la última?

¿En el estacionamiento del Wal-Mart? ¡No! Allí, nos agarramos con los colombianos, lo recuerdo bien, porque ya no traía ese sombrero. Llevaba uno mexicano, de color marrón y con agujeros pequeños, para que respirase el cuero cabelludo. Silvia me lo había traído de Tulum. Pedía que me lo dejara puesto cada vez que me la cogía. Siempre que regresaba me obsequiaba un sombrero nuevo. Desde chile hasta Qatar, creo que he tenido todos los cowboys en mi cabeza. Las ventajas de salir con una azafata. Luego de un tiempo, dijo, que la cosa del sombrero interfería… ¡maldita puta! La verdadera alquimia en el amor, es transformar las mismas cosas en una mierda.

¡Pero tú eres diferente, Ratso!

Eres más inteligente que yo. Y no solo en los negocios.

Recuerdo cuando le hablaste a los japoneses de esa forma. ¡Estaba convencido que no salíamos vivo de esa! Nunca tuve tanto miedo en mi vida. Te interpusiste entre el gordo y yo. El sudor comenzó a caerme desde el sombrero y lo sentí correr por el pecho. Si hubiera estado más flaco, se me habrían mojado las bolas. No entendía ni media palabra de lo que decían; pero cada frase japonesa que escuchaba, parecía nacer del odio. Los alemanes y los orientales, parecieran que hablaran con una lija en la garganta. Pero cuando el gordo finalmente te extendió la mano… ¡POR DIOS!.. ¡Sentí como todos los órganos de mi cuerpo volvían a acomodarse! Terminamos detrás del tinglado, bebiendo esa mezcla extraña y haciendo la pantomima del harakiri. ¡RATSO! ¡Recuerdas esa noche! Terminamos cantando una canción de los tintoreros.

Pero… ¿Tú sabes, porque sigo realmente contigo? ¡Porque te quiero!..

¡En serio! Ratso: te quiero... ¡Y no estoy borracho! Y estoy seguro que tú también me quieres. Aunque no lo demuestres; estoy convencido que sientes lo mismo que yo. Que somos el uno para el otro; y que estamos tocados por la misma vara. Hace más de veinte años que venimos recorriendo juntos el mundo y, hemos conseguido todo lo que quisimos. ¿No es cierto?


¿O ya te olvidaste de lo que nos ocurrió en Manila? ¿Te acuerdas? En la ribera del río Pásig. Cuando la vieja nos dio de beber la sangre del cebú. ¿¡TE OLVIDASTE RATSO!? Dijiste haberlo visto con tus propios ojos y también, haberlo encerrado en esa jaula de bambú. ¿Dijiste eso, no? ¿O me mentiste? Pero años más tarde, volvió a aparecer junto a los judíos y luego, lo volviste a ver la misma noche que me salvaste la vida con el japonés. Dijiste que estaba detrás de él, mirándolo fijo, y que también le había salvado la vida a él. Y en la masacre con los paraguayos. ¿lo viste de nuevo Ratso? SÍ ¡LO PUDISTE VER OTRA VEZ! ¿Y cuando nos enfrentamos con los colombianos? No dudaste en ningún momento. No retrocedías ni un solo paso frente a ellos. Porque él estaba ahí. No son mentiras mías; que yo invento cuando estoy borracho.
Son todas verdades que ocurren con el sol de la mañana. Y es verdad, que en cada ocasión se pone de tu lado ¿No Ratso? señalándote a la víctima con la mirada. ¿ES LA MIRADA RATSO? ¿SON LOS OJOS? y a veces ¿es él mismo quién dispara con tu propia arma, verdad?

¿Pero qué ocurrió en chicago? Nunca pude terminar de comprenderlo y por más que me esfuerce, no lo logro entenderlo. Debo confesarte que aún me siento culpable por lo de Chicago. Creo, que de haber salido a tiempo del hotel, nada de eso hubiera sucedido. Escuché los primeros disparos cuando estaba en el lobby pero al salir ya no había nadie. Estabas solo tú, Ratso; tirado en la avenida con la pierna ensangrentada. Sólo y como un perro moribundo, que se iba desangrando de a gotas ¡Pero estamos tocados por la misma vara y todos estos años confirman lo que te digo! ¿Pero que ocurrió en chicago Ratso? ¿No alcanzaste a verlo en chicago? ¿Estaba demasiado oscuro? o ¿Había neblina? ¡Eres infalible Ratso, algo debe haber ocurrido, PIENSA! RATSO ¡PIENSA! ¡¿QUÉ ESTAMOS HACIENDO EN SHANGHÁI, RATSO?!

martes, 6 de julio de 2010

Hacer contacto


***
La ruta en ningún momento logró despejarse y parecía un arco iris de carrocerías atravesando el horizonte. Eso tampoco pudo hacerme creer que mi vida estuviera representada por la vida de los otros, quienes se encontraban aparentemente en la misma situación que yo.
A veces tengo la impresión de estar todo el tiempo recuperando mi propia vida. Como si las demás personas hubieran cumplido en gran medida sus expectativas y a mí en cambio me faltara algo por encontrar. Tal vez algo esencial que nunca tuve ni tendré, algo que disimuladamente puede aparecer como un vestigio de luz al leer un libro, pero que desaparece rápidamente cuando lo escribo.

De todas formas voy a obligarme a pensar que la mejor historia sobre mi vida la escribirán mis hijos. Quizás con manía y arrepentimiento, o tal vez de otra manera más complaciente. Pero quiero creer que serán ellos quienes continuaran escribiendo por mí.
Ahora, que ya he dejado de ser Telémaco y es otro quien ocupa mi lugar, puedo darme cuenta que la muerte y el rol de padre son dos tareas imposibles.

Los hijos rigen nuestras vidas; son nuestros gobiernos personales y no precisamente democráticos. Destruyen nuestros deseos. Nos quitan nuestro dinero y nuestro tiempo, y después de ello no volvemos a tener la posibilidad de encontrarnos solos (cosa que a mí me produce un pánico elemental). Hacen todo lo necesario para que lleguemos a un límite de incontinencia emocional.

Pero debe haber algo oculto en esa transformación que nos sigue pareciendo atractivo, algo que deberá ser entendido para que pueda ser real, sin ningún miramiento religioso. El amor cuando es referido a dios pierde consistencia.

La necesidad de convertirnos en padres está dada por el imperioso deseo de trascender a costa de cualquier padecimiento. A simple vista y exceptuando el nivel de cuidado, para muchos de nosotros, no existe mayor diferencia entre un bebé y un cachorro animal. Por eso me pregunto: ¿por qué deseamos ser padres a pesar de todo? ¿De qué manera se traduce aquel switch mágico que transforma ese padecimiento en algo necesario?

Quienes confían en los parámetros religiosos no precisan otras manifestaciones, pero: ¿qué ocurre con los otros? (y en ellos me incluyo) y con aquellos que necesitan, en cierto momento del día, saber ¿para qué y porque, todo esto?

Desde hace ocho meses que soy esclavo de una vida que no me pertenece. Vicente parece tener los sueños de un músico de rock. Cuando nació mi hijo, durmió sin desvelarse durante todo su primer mes. Pero ahora pareciera ser la reencarnación del Conde Drácula. No hay posibilidad de dormir en la noche por más de seis horas y, a pesar de todo mi esfuerzo, debo confesar que el mayor sacrificio lo hace su madre. En el sacrificio de ella, encontré la verdadera naturaleza materna, condición que ningún padre puede llegar a igualar.

El efecto simbiótico, comienza en su vientre y es continuado por fuera de él. Solo la locura puede resquebrajar ese vínculo. Todavía la observo dormir al niño con palmaditas en su trasero e intentando simular de esa manera, los latidos que escuchaba el bebe cuando aun se encontraba dentro de ella. Yo soy incapaz de elucubrar un método semejante. Mi función en cambio, esta resumida en introducir la mamadera dentro del microondas todas las veces que sean necesarias y aun así, me distraigo comiendo algo de la heladera y termino provocando el hervor de la leche.

Creo que las aptitudes para ejercer mi rol de padre, por lo menos en esta primera etapa, se encuentran bastante limitadas, frente a la irracionabilidad del niño que no alude a ningún estadio de comprensión lógica y, salvando las distancias que ofrece el puro instinto; todo lo que dispara con su boca de fuego (cual dragón empecinado en su constante tiranía) tal vez sea algo tan difícil como la permanente presencia de su madre.

A pesar de todo estoy convencido de que este vínculo irá creciendo y madurando con el correr del tiempo. Las relaciones tienden a decantar paulatinamente. Como si fuera este un nuevo engranaje y necesitase machacar por un tiempo los dientes de ambas ruedas para que puedan encastrar.

Pero por ahora sabemos los dos, que soy solo para él un ornamento decorativo, porque estoy seguro que él lo sabe o lo intuye de alguna manera y al mismo tiempo me lo transmite, cuando por ejemplo estamos solos y se pone a sollozar suspendido en un estado pasmódico, hasta que su madre ingresa y nos rescata del abismo.
Ella suele suceder en los momentos claves y lograr revertir las peores instancias como un superhéroe lo hace en las historietas. Como si tuviera en sus manos el poder de Dalila y yo, la prominente calvicie de Sansón.

Cuando nació, en ese mismo instante y luego que el médico apartara el cordón umbilical del cuello supe, que esa cosa grisácea y desnutrida iba a cambiar mi vida para siempre. Cuando lo sostuve por primera vez en mis brazos, todas mis clases del preparto desaparecieron automáticamente de mi memoria. También se borraron las clases de la secundaria y mi universidad completa. Mi mente era un recipiente vacio que solo guardaba la forma de haber contenido en algún momento información.

El sanatorio tenía la costumbre de que fuese el padre quien hiciera el primer contacto con la criatura. Mientras la madre continuaba siendo asistida en la sala de parto, el niño era bañado y pesado, medido, vacunado y finalmente vestido por el padre. Todos esos chequeos llevan como resultado un puntaje que tiende a ser aproximado. En menos de quince minutos, la vida ya lo había puesto a prueba. El niño escucha bien y tiene todos los conductos respiratorios liberados, escuche que dijeron a mis espaldas y luego, nos dejaron solos… completamente desnudos.

En ninguna cancha de futbol estuve tan seguro de fracturar a alguien como en el momento de vestir a mi hijo por primera vez. Cada vez que intentaba sostener uno de sus brazos me acechaba la sensación de estar descuartizando un pollo. Estaba convencido que aquello que trataba de agarrar no era otra cosa que un conjunto de cartílagos, que unidos entre sí, terminaban por formar el diminuto cuerpo del chico.

Por suerte una de las enfermeras, al verme taciturno y desorientado, se apiado de mí y tuvo la convicción necesaria para apartarme a tiempo y tomar ella misma la prenda de ropa para vestirlo. Era imposible que yo pudiera meter esos pequeños huesos por el interior del pijama hospitalario.

Desde ese momento creo yo, que el niño supo darse cuenta que si confiaba en mí para determinadas cuestiones, no iba a llegar muy lejos y como si fuera este, nuestro primer pacto, le prometí en silencio, tomar distancia en situaciones como estas y en aquellas otras, que pudiera yo lastimarlo.

martes, 29 de junio de 2010


A veces me pregunto,
si yo fuese un árbol del bosque
¿Tú quien serias, el hacha o el leñador?

jueves, 3 de junio de 2010

El circulo de confianza

*
Diferente al arte, la política en la práctica se corrompe.

*
La despedida
deja en los labios
como la sal ... "un sabor inoportuno"...
pero la sal: es la introducción del hambre

*
No conforme con la palabra
el texto busca persuadir.
No conforme con su idea,
se multiplica en otras razones.

*
Una mujer prendida
como un satélite en la noche
apoya su mano en un cuerpo de sal.
Dice un proverbio chino:
que la sal es fundamental
para comenzar un día.

*
Al cerrarse la puerta
la cárcel suele ser
el lugar más seguro de la tierra,
porque siempre estamos presos de otra idea
y el mundo, nunca termina de construirse.
Lo más próximo a este cuerpo
es una mano extranjera
y su maratónica idea
de instalarse para siempre
como un verbo frío y abundante
la idea es: pertenecerle
cuando acaricia a contrapelo
las barbas cortas de mi cara
permitiendo
que el calor de su palma abierta
se involucre
como si fuera eso
el comienzo de algo
tan diferente al amor
Una caravana de estrellas pareciera migrar esta noche
como si viajaran a una velocidad aparente
y sin embargo, todo continua inmóvil
haciéndome creer que el mundo
debiera de ser así:
mi mano alcanzando cada punto silencioso del cielo
para transformarlo, en algo tan peligroso como el placer
Supe darme cuenta que me había transformado en poeta
cuando logré percibir la cola del diablo
entre los pliegues de una nube

lunes, 18 de enero de 2010

Metanoia

*
Decirle adiós a una noche como esta
mirando la luna desde el profundo
fondo de un vaso de whisky,
apuntar con mi dedo
el centro vacio de una estrella
Decir adiós, goodbye
y olvidando el nombre de todas las cosas
volverme livianamente inútil.

*
Esta mujer lucha contra libros
que entre sombras y como rebanadas de pan duro
acumulan hileras interminables de polvo
sobre el escritorio el polvo es preciso
Esta mujer no deja ningún rastro
todo lo transforma con el poder de su esponja
en un conmovedor y límpido presente
que aguarda ahora, como una página en blanco
por aquella palabra que no termina de caer

jueves, 7 de enero de 2010

Manuscrito anónimo encontrado el 7 de diciembre de 1980

Yo escribo quizás para no pensar en aquellas cosas que no deseo o que por algún motivo que jamás logre descifrar me producen pánico. Por eso la expresión artística tiende a padecer una permanente sanción de locura. El lector intenta evadir constantemente la realidad que lo circunda y por eso lee encerrado, casi abarrotado en algún lugar silencioso del planeta y lo mismo hace quien escribe bajo la muda constelación de las estrellas. El artista es un ente autárquico y poderoso que atesora la soledad como un bien casi imposible de adquirir. Esa misma soledad que tanto pudor y miedo produce a las demás personas. Los otros.
Cada párrafo que traza quien se atreve a escribir es un intento de proximidad. La misma proximidad que ha llevado a muchos hacia una soledad extrema. Es el tiempo que se va sin que nos demos cuenta. Pero el tiempo de encierro que lleva un artista no es un tiempo real. Tal vez la palabra que dispongo no sea la correcta y esta idea que transcurre en una suerte de vacío tampoco sea cierta. El tiempo como cualquier otra simple medida tiene un espacio prefigurado en el cual se desarrolla pero fuera de él se desvanece. El tiempo posee una funcionalidad concreta, sobre todo en el trabajo y en aquellos instantes que asumimos con felicidad. Es ahí donde su poderío asume relevancia. Es el tiempo circunscrito, muy distinto al tiempo que consumen, por ejemplo, los poetas y los pintores o los músicos y los artesanos.

Pero dentro de esta habitación en cambio, nada de eso ocurre. Todo quizás quede suspendido y vaya a saber uno donde. Aquí el tiempo pierde su efectividad corrosiva, que tal vez sea, su más sincera manifestación. El tiempo supone un límite, creando una barrera indestructible. En cambio aquí todo es permanente y constante.
Esto que digo lo pude verificar por primera vez hace más de diez años. Cuando nos mudamos con mi esposa a esta casa. Ella padecía una rara enfermedad pulmonar y el doctor, Augusto Meller, nos aconsejo para su larga recuperación, trasladarnos a San Francisco del monte de Oro.
Un valle maravilloso, ubicado a ciento veinte kilómetros al norte de la capital de San Luis; rodeado por sierras y surcado por varios ríos en donde predomina sobre la vasta vegetación la palmera Caranday y la chilca melosa. El valle se encuentra encerrado entre dos cordones serranos de altura y geografía diferentes, por lo tanto la variedad de sus pájaros es infinita. Existen tres especies distintas de Zorzales, Jilgueros y benteveos pero el ave con más predominio del lugar es “el rey del bosque” también denominado zorzal overo. Su nombre es atribuido por su llamativo plumaje amarillo y negro pero además posee un canto sumamente melodioso. Por estas dos razones se ha convertido en el pájaro más buscado por los traficantes de la zona.
El clima serrano fue aconsejado por nuestro doctor pero teníamos que tomar las precauciones correspondientes debido a la importante variación térmica que existe entre la noche y el día.
Por ese motivo salíamos siempre temprano aprovechando la mañana y caminábamos la costa del río con Matilde y los perros hasta el medio día.
Era una rutina que manteníamos con una alegría inquebrantable. Matilde preparaba una pequeña y variada vianda que más tarde desayunábamos en la costa del río o en algún lago soleado. Durante el recorrido ya sea a la ida o a la vuelta del camino, los mismos lugareños nos saludaban siempre desde sus mismas posiciones. Oscar, el mecánico dental, corría sus cortinas a las siete y media, cuando los primeros rayos de sol comenzaban a entrar desde el norte por su ventana y al vernos pasar, nos rendía tributo por medio de una sonrisa que quedaba dibujada desde el otro lado del vidrio. Marta soltaba a su perra maltesa para que pudiera jugar con lujan esos breves minutos que duraba nuestro trayecto hasta llegar al sendero del río.

A determinada edad las cosas simplemente se suceden. Los acontecimientos comienzan a parecernos simples y directos, por lo tanto, uno va sintiendo que le vida es una cuestión de amaneceres. El sentido de la vida quizás este oculto en una pradera o en el fondo del mar.
Jamás lo pude imaginar en una oficina. Es verdad también que para encontrar el sentido de las cosas uno debe estar más cerca de la muerte. Cuando somos jóvenes abusamos del tiempo pero cuando empezamos a morir, nos damos cuenta que ese acto puede llegar a ser trascendental. ¿Qué importancia le daría uno a la vida si no existiera la muerte? Todo carecería de valor.

Cuando me entere de la enfermedad de Matilde inmediatamente supuse que estaba muerta.
Esa idea, hasta el día de hoy, navega constantemente en mi mente como un intruso molesto. Pero desde ese día no dejo de recordar acontecimientos que habían pasado inadvertidos, hechos o situaciones que fueron en su momento para nosotros de poca relevancia. Desde que el doctor Meller nos leyó el parte médico, no dejo de asombrarme por la estricta y detallada memoria que fui adquiriendo. Desde entonces recuerdo todo aquello que viví con ella y en cada uno de esos recuerdos puedo percibir los aromas del momento con una precisión absoluta. El recuerdo se fundamenta en los olores, por lo tanto,en cada repaso de mi vida podía encontrar a todos ellos. El de mi infancia recogido por el aroma que desprendían los libros de la biblioteca de mi abuela. La esencia del primer beso oculto entre los cabellos de una niña. Los viernes de mi adolescencia, los juegos y los deportes, el primer fracaso laboral y el nacimiento de mi hijo. Todo aquello estaba estrictamente representado y a cada memoria le correspondía una fragancia que ineludiblemente había acompañado a cada hecho de mi vida. El olor a sal de los veranos, la primavera en el campo de Anselmo y sus atardeceres con el tufillo a pasto recién cortado. Regar la tierra seca del camino con mi padre, percibiendo como la naturaleza deja rastros de vida como si por medio del agua se cocinaran lentamente todos sus minerales. El olor rancio del miedo y ese olor rígido que despide la muerte después de un beso.

Aquellos primeros meses me habían retrotraído hasta el día de mi nacimiento. Estaba como detenido en un solo tiempo. Como si la vigilia fuera un sueño que yo solo podía controlar. La memoria se había convertido en un motor lucido.Mi vejez se había paralizado y lo mismo había sucedido con la enfermedad de Matilde. Los viejos para nuestra sociedad son una forma de insulto. Pero lo más desgraciado es ver que los ancianos ni si quiera son tomados en cuenta
Esa actitud duele aun más que el propio olvido. Las personas con los años se van transformando en niños pero sin esa simpatía demoledora que los caracterizan. Los viejos, cuando se orinan o tartamudean parafraseando algo que están a punto de olvidar, pierden por completo el encanto que tienen los niños cuando hacen exactamente lo mismo. A su vez van adquiriendo un aspecto triste, sobre todo, porque nos recuerdan constantemente lo real y cercana que se ve la muerte. Por eso es necesario mantenerlos lejos y apartados. Quizás eso fue lo que indirectamente quiso decirnos el doctor Meller cuando nos recomendó instalarnos en el valle de San Francisco. Hubiera sido poco caballero de su parte decirnos a Matilde y a mí otra verdad tan incómoda.

Con el tiempo nuestra familia fue olvidándose de nosotros. Al principio recibíamos alguna correspondencia de nuestra nieta o algún llamado telefónico en víspera de navidad y año nuevo pero en los últimos años nadie volvió a preguntar ni por Matilde ni por mí. Nosotros decidimos hacer lo mismo, pero procuramos pensar que al actuar de esa manera, no molestaríamos a nadie con nuestros asuntos pasados de moda. Teníamos, como dije anteriormente, una rutina de paseo inquebrantable donde cada mañana renovábamos nuestra promesa de amor.
Matilde jamás había sido tan hermosa, más allá de la belleza de su juventud, se había convertido ahora, en una verdadera mujer. Cada pensamiento, cada palabra suya tenia la fortaleza del sol. Su piel había recobrado la fragancia de todas las flores. Todo en ella era nuevo y sano. La suavidad de sus manos, la humedad de sus labios, la nueva textura en su pelo. Todo en ella volvía a renacer cada mañana con los primeros azules del cielo y mi amor se volvía fuego cuando la luz del día se reflejaba en sus ojos verdes. El amor cuando es sincero no tiene rutina que lo menoscabe y aunque todos los días fueran lluviosos, permanecer a su lado para mí era suficiente.

Ahora que la ciudad está fuera de moda y nosotros también puedo confiar en esta muerte.
La calma es como flotar en el agua, como un silencio estricto que solo un buzo podría definir. Ahora escribo sin detenerme sobre todas mis vidas. Aquellas que viví alguna vez y otras que persigo. Puedo comprender con inocencia todas las zonas anteriores, la sanación de las heridas y la abolición del pensamiento malicioso.
Desaparecer había sido eso. Descansar sobre la última mirada de Matilde y despertar cada mañana perteneciendo a una memoria despreocupada. Entender que jamás nos vamos de este mundo y que morir es una tarea imposible. La muerte, de todos los secretos, es el secreto más hermoso.

miércoles, 23 de diciembre de 2009


Estaba seguro que iba a tener que esperarla por más de media hora. Como de costumbre las mujeres tienden a desaparecer. Los viernes Buenos Aires, cuando cae la noche y comienza el verano pareciera atender los deseos de todos, como un kiosquero frente a la mirada de los niños.
Mientras fumaba un cigarrillo me di cuenta que Jaime ya no estaba en el lugar donde siempre acostumbra escribir en su cuaderno de anotaciones. Sobre Peña, a mitad de cuadra, hay una librería pequeña que posee un frente, amplio y antiguo, con el piso de mármol blanco donde Jaime con el consentimiento de sus dueños vivía hacia más de cinco años. Era uno de los personajes emblemáticos del barrio. Todos los habitantes lo conocían y a todos él saludaba mientras no estuviera padeciendo algún ataque de locura. Cuando esto sucedía, los encargados de los edificios de la cuadra ponían manos a la obra y estaban pendientes de él, cuidándolo como a un niño, hasta que pudieran hacer desaparecer todos los fantasmas que lo aquejaban.

La vereda estaba recién baldeada por lo tanto presumí que podría haber salido a pasear. Los vagabundos también necesitan salir de sus taperas, pensé. A pocas cuadras había una plaza donde otros infelices como él se juntaban a tomar vino pero me pareció casi imposible imaginar que Jaime se pudiera juntar con ellos. No tenía ese target. Él, más allá de toda su miseria poseía una presencia casi importante. Si no fuera porque dejaba crecer su barba en forma desmedida, aunque manteniéndola perfectamente prolija, uno podía pasar desapercibido y entrar acompañado por él a cualquier restaurante mediocre de Palermo.

Sus pertenencias estaban allí. Envueltas en bolsas de consorcio las ropas de invierno y en pequeñas bolsas de supermercados las mudas habituales del calor. Todo aquello ubicado en su perfecto lugar detrás del colchón de una plaza, que aparecía graciosamente enrollado como si fuera un matambre navideño. Su cuaderno de notas descansaba sobre una fila de libros que le servían como una pequeña mesita de luz. Me acerque lentamente aparentando leer las novedades que se mostraban a través del vidrio de la librería y tome el anotador. Abrí el cuaderno y leí sus primeras páginas que estaban llenas de números y letras y supuse que era el diario de un desbordado, el diario de un loco sin sentido. Pero corriendo sus páginas más adelante, comencé a leer poemas preciosos. En ellos estaban las metáforas más originales que había leído hasta entonces. Los silencios más oportunos y las pausas más correctas aparecían allí. Cada poema tenía un centro continuo de atención y todo aquello que lo rodeaba se hacía cada vez más profundo y luminoso. Al mismo tiempo que leía esos versos, se me hacía imposible apartar la mirada sobre ese centro que se formaba como si fuera un dibujo; pero el poema a pesar de esa imposibilidad, continuaba redactándose solo en mi interior como si se estuviera escribiendo en ese mismo instante. Cerré de inmediato el cuaderno y me di cuenta que estaba solo en la mitad de la calle. Alce la mirada hacia las dos esquinas que se mostraban despobladas y un sudor frío comenzó a correrme como si tuviera la sangre congelada.

¿Quién podría sospechar que yo era capaz de robar el cuaderno personal de un desdichado? ¿Quién podría imaginar que la tristeza y la locura fueran capaces de escribir esos versos gloriosos? Cerré ligeramente el cuaderno de notas y acelere el paso hasta llegar a la primera esquina. Luego cruce la calle Peña intentando ver si alguien había sido testigo de mi arrebato y baje por Laprida a toda velocidad hasta que pude llegar finalmente a las Heras. Recién en la avenida trate de descansar unos segundos, como descansan los delincuentes luego de sustraerle la cartera a una anciana. Cada rostro que me observaba probaba de mí una angustia desesperante. Oculte el cuaderno entre mis ropas y limpie el sudor de mi frente con las dos manos. Todo el cuerpo padecía todavía el mismo frío.

Hasta el día de hoy intento destruirlo, quemarlo o tirarlo en alguna fuente e imaginar sus páginas destiñéndose debajo del agua. Hay noches que no dejo de soñar. Jamás logre abrirlo nuevamente.
De Jaime, luego de un tiempo, supe por un vecino del barrio que había desaparecido. Nunca más supimos de él, me dijo tristemente el encargado de uno de los edificios. Intentaron varias veces otros hombres, establecerse en la puerta de la misma librería de la calle Peña pero los dueños no volvieron a permitirlo.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Un breve relato


La distinción del libro había llegado en el momento más difícil de su vida. Era como una leve caricia que amortiguaba la profunda desventaja que venía acusando su ego a través de los últimos años.
Hasta ese momento todas las actividades para él carecían de sentido, aquellas que había realizado durante toda su vida en la oficina y los demás asuntos pendientes le producían una completa soledad.
Llego a pensar que el interés por las cosas nunca había existido; y todas aquellas funciones a las que estaba acostumbrado a realizar como un autómata, las hacía con esa tristeza casi agónica, que de a poco y a través del silencio nos van transformando en nuestro propio enemigo.
Pero la distinción recayó con imperioso asombro en todos los demás. En todos aquellos que jamás hubieran imaginado que una mención de esa envergadura pudiera atribuírsele a un hombre de oficina. Un hombre de familia que escribía poemas en una habitación cerrada.
La poesía para el hombre común, es una especie de estado de gracia, un estado absoluto de meditación e idiotez. Un hombre que escribe poemas es un niño que no quiere consagrarse pero cuando tiene familia e hijos es un hecho de suma irresponsabilidad.
A un escritor se le hace imposible demostrar le fidelidad de su trabajo, sobre todo, cuando nadie quiere publicar sus obras. Y hacer poesía es el merito mayor de esa inconsistencia. El hombre medio no tiene capacidad de abstracción frente a esa combinación de palabras que pueden lograr el mismo efecto de luz que emana de un cuadro. Quienes escriben un poema lo hacen desde el profundo sentimiento de goce, sabiendo, que nadie los va a escuchar. Por eso mismo la poética es un estado de fe, un milagro de la naturaleza que describe aquellas cosas que nunca existieron transformándolas para siempre. Es inútil tratar de demostrarlo. Es inútil tratar de trasmitirlo en una reunión de amigos o en una conversación trivial de oficina. Es más fácil hablar de negocios o deportes y no decir nada que tenga relación con ello. Es como un secreto que se lleva uno a la tumba.

La mañana del 4 de octubre de 1956, Nicolás, había escrito su mejor poema. Había dudado toda esa mañana sobre la utilización de diferentes términos y supresiones de puntos y comas; pero finalmente con un gesto rígido dio por terminada su elevada creación. Cerró su cuaderno y tomo una ducha bien fría, necesitaba sobre todo estar despabilado. Había trabajado arduamente con los últimos tres versos del poema y ese cansancio estaba reflejado en las sinuosas bolsas que enmarcaban sus ojos. Tenía la tez pálida. Eligió con delicada paciencia la ropa que iba a utilizar ese día pero decidió no llevar puesta por primera vez su corbata. Salió de su departamento, se dirijo a la azotea del edificio y se arrojo al vacío.
Lo demás salió publicado en la primera página de todos los diarios del país. También en varias ciudades de Europa tomaron la noticia con gran desolación. El periódico “Le Mond”, titulo la crónica de su muerte de manera casi surrealista: Premio nobel de literatura muere en situación dudosa. En cambio los diarios de Brasil y Uruguay trataron el tema con más discreción y menos sensacionalismo.

Pero solo un hombre tuvo la sutileza de ver en este acto rotundo de violencia, una verídica y simple declaración de amor. Fue Arnaldo Veyra, escritor y periodista, oriundo del pueblo de Mansilla, quien destaco en una nota (que jamás pudo ser publicada) que el poeta se había arrojado abrazado a sus libros ..."Su cuerpo atesoraba dos publicaciones y un cuaderno de notas"... , escribió en una carta dirigida a mí, dos semanas después del suicidio. Los bomberos y la policía debieron hacer un esfuerzo descomunal para lograr arrancarlos de sus brazos. Daba la impresión que el pobre muchacho continuaba con vida y de alguna manera sacaba fuerzas para no desprenderse de sus libros, me dijo Veyra, la última vez que nos encontramos en un café de la calle Corrientes.

(Cuento Inspirado en la muerte de Nikos Poulantzas- Escritor Griego)

domingo, 20 de diciembre de 2009

Elipsis

Ignorar la muerte como hacen los pájaros y lograr así la permanencia. Quien nada sabe de ella es inmortal. Dormir la apagada noche y desabastecerse; nosotros, que deseamos sobrevivir como una palabra imborrable.
En esto llevo pensando por más de tres décadas, pero la opresión de los pensamientos, es a veces peor que la propia realidad. Si acaso tuviéramos una función preestablecida, inherente o imposible de ser erradicada, como el olfato del picaflor cuando revolotea sus azules infinitos. Una infancia mecanizada e instintiva, como la de una planta sublime pero incapaz de amar o sentir gratitud.
Tal vez la idea del mundo, es una idea triste y equivocada, y el poeta un impostor mortal. Pero en aquellos libros que nunca se leen, hasta en el peor de los libros, las frases se acopian como ladrillos de un cimento universal.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Poema de amor (en constante modificación)


Hagamos una película donde alguno de los dos
pueda bailar tap sobre una pista de bowling
o quizás un poema ruso
sobre un cisne que se enamora.
El amor es un día para siempre
tal vez el día más largo de un verano
porque tengo la impresión que el frío
con esa gutural manera de adornar las cosas
las detiene, en cambio el sol
pone en funcionamiento las plantas y las articulaciones
y a nosotros mismos
que pudimos haber sido dos extraños

La criatura

Toda la vida hablaras en voz alta y con claridad
Mírame, quito la tensión de tus manos y tu habla.
Ahora di en voz alta, con claridad: “¡Yo puedo hablar!”
(Film el espejo de Andrei Tarkovski)

La habitación del poeta


Un horizonte en plena construcción
una zona vacía y experimental iluminando
el sector más apartado de la casa:
este escritorio infinito
donde cada uno de sus elementos
tienen el poder de una varita mágica.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Postfacio


Más allá de sutilezas técnicas o de espejismos teóricos, la poesía, cuando se la practica sin demasiadas pretensiones, quizás no sea otra cosa que una manera de velar por la experiencia inmediata, una curiosidad templada en todas las formas sensibles, lo mismo que cultivar un jardín o escuchar el canto de los pájaros. Esto es todo lo que deberíamos tener en cuenta a la hora de escribir un poema. Aún así, cuán a menudo lo dejamos de lado, y cuántas ideas infructuosas —todo lo que llamamos, crasamente, belleza, cultura, conocimiento y civilización— se anteponen a este simple y misterioso principio.
Alcanzaría con abrir una antología de poesía clásica china para comprobarlo. Entre sus muchas virtudes, la mayoría ajenas a nuestra mentalidad cartesiana, lo sorprendente de esta poesía es que sabe callarse a tiempo, y aún tocando siempre los mismos temas, nunca suena monótona ni retórica. Sobre todo, es conocida su proverbial ligereza y su exactitud para nombrar la experiencia inmediata, con un sentido común que limita, muchas veces, con la más certera extravagancia, y que entre nosotros sólo muestran los niños que recién empiezan a manipular el lenguaje. Ahora mismo, hojeando uno de esos libros que me llevaría a la isla desierta (si quedara alguna), la antología de Raúl A. Ruy: Poetas chinos de la dinastía T’ang, he contando al menos doscientas maneras de describir el sonido de la lluvia cayendo sobre las hojas de un banano; otras tantas para referirse a los pantallazos fugaces de la luna y otras para el paso de las estaciones o el movimiento de las nubes.
En la nomenclatura de Linneo, a la planta del banano se la llama musa paradisiaca; a ella le siguen la musa acuminata y la musa balbisiana como representantes genéticamente puros de esta especie que, bien mirada, es una extraordinaria fusión entre planta y árbol. La clasificación original de Linneo se basa en ejemplares cultivados por él mismo, en su invernadero. Cuando imagino al gran naturalista sueco acuñando el nombre más exacto para la planta, y luego describiendo minuciosamente sus frutos, sus brácteas y sus hojas, me parece que eso, aunque pueda sonar un poco descabellado y hasta, quizás, patético, es lo más próximo a la poesía china que conocemos en Occidente.
El hijo de Loli, la mujer de Ezequiel, se llama Manuel. Tiene cuatro años. Es un niño extraordinariamente dulce, cortés y afectuoso. En realidad, es un poeta chino en estado salvaje, un pequeño Linneo inspirado. Puedo decir esto con total veracidad, ya que hace dos veranos pasé unos días con él y con su familia en una casa de campo ubicada en un pueblo que se llama Robles, al noroeste de la provincia de Buenos Aires, donde —si no me equivoco— fue escrita una buena parte de este libro. Allí, entre largos asados, entre cardos, moscas y vizcachas, largas siestas e interminables caminatas por la llanura, Manu nos dio las más variadas y sutiles lecciones de zoología, botánica, metafísica y poética que pude escuchar en mi vida. Me acuerdo, por ejemplo, que una tarde volvíamos de hacer nuestra habitual excursión por las cuevas de los sapos, cuando encontramos un pájaro —creo que era un jilguero— caído en el pasto. Nos detuvimos un largo rato a observarlo en silencio, pero, por un pudor instintivo o por alguna otra razón que desconozco, ninguno de los dos se atrevió a tocarlo. Luego, sin pensar, me pregunté en voz alta: “¿De qué habrá muerto?”. Y Manu me respondió enseguida, con esa sabiduría irrefutable que poseen algunos niños y algunos poetas: “¡De viejo!”. En ese momento sentí que la vocecita de Manu venía desde muy lejos, y no exagero si digo que era una voz —anónima y escurridiza— que había viajado toda la eternidad para hacerme entender algo tan simple como eso: que un pájaro, como cualquier criatura, está hecha de tiempo y puede también morir “de viejo”.
Ahora, cuando leo en Campo atravesado que un sapo es comparado a “un dios con ojos de niño”, que “existe un mar donde/152 mujeres desnudas/ forman la ola más grande del mundo” o que “aquello que ocurre debajo de la piel/es una manifestación extraña del silencio”, no puedo evitar acordarme de Manu y sus brillantes reflexiones sobre la naturaleza, hechas al pasar, en alguna de esas largas tardes de calor asfixiante, mientras parpadeaba por encima de un enorme gajo de sandía que casi le tapaba toda la cara. Por supuesto, no todo es mérito de Manu en este libro. Al fin y al cabo, un niño necesitaría avanzar toda la vida para conquistar esas primeras iluminaciones espontáneas y abruptas. Pero entonces ya no sería un niño, sino un poeta.
“Volver a ser niños en la noche de los sapos” dice Ezequiel Canero en el hermoso poema —dedicado a Arnaldo Calveryra, el hombre de las mil memorias — que cierra este libro. Y quizás escribir no sea más que eso: pisar el pedal del recuerdo al máximo, quedarse solo frente al lenguaje, tratando de recuperar el nombre preciso de las cosas, dándole un sentido a nuestra anodina historia, nuestros cambios, todo eso que no es más que una acumulación de pequeños tránsitos —y grandes viajes— que nos proporcionan las palabras.

Walter Cassara
Buenos Aires, 14 de noviembre de 2009-- http://www.huesosdejibia.blogspot.com/

De la desesperación

La incertidumbre era una manera de esperar
como tantas otras formas
y esperar es un estado de alerta, no un letargo.
Estamos hechos de tiempo y razón
y estos son dos juegos que nunca logramos descifrar.

domingo, 15 de noviembre de 2009

La carga


Rara esa lágrima que recorre
tu rostro de viento,
Igual que los arboles
cuando dejan caer sus hojas más antiguas
O los pájaros que pierden
sus plumas de acero
y las hormigas
renunciando al cargamento pesado del bosque
Tus ojos, como dos espejos
tienen la manía de contar verdades.

Ahora que me balanceo como un acróbata
sobre esta lágrima hipnótica ubicada
en la pequeña hendidura de tus labios
como un astuto grano de sal,
puedo sentir como el cuerpo resbala
hacia el abismo y desciende

¡Como caen alborotadas las cosas!
¡Y el ruido ensordecedor de una sola gota
explotando en el suelo!
Parece que todo aquello, que cae
pierde su espíritu instantáneamente